22 de Diciembre de 2002
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La dura vida de un Viejito Pascuero
Viviana Fainé Brath

Hace más de 10 años que Carlos Herrera escucha los encargos de los niños. Ahora está en la Estación Central, hasta donde llegó la Valentina a saludarlo.

(Foto: Foto de Víctor Ulloa G.)

Para Victoriano Carrasco es emocionante prestar oreja a las peticiones de los chicocos. Y las hace todas: baila, canta y les da ánimo a quienes están tristes.

(Foto: Foto de Víctor Ulloa G.#)

Don Aníbal -así a secas- partió en el oficio hace más de 12 años, cuando en la Plaza de Armas un hombre se acercó a ofrecerle el tradicional traje rogelio.

(Foto: Foto de Víctor Ulloa G.)

Hay más de 25 grados a la sombra y ellos, ataviados con gruesos trajes rojos de franela y chiporro blanco en el cuello, además de guantes y gorro, hacen esfuerzos para sonreír a quienes se detienen a su lado, más por curiosidad que para sacarse una foto. Son los Viejitos Pascueros criollos, los mismos que siguiendo una tradición que ha sobrevivido a los años y al materialismo actual, soportan el calor, la indiferencia y hasta los berrinches de algunos niños con tal de sentir la satisfacción de ver que aún hay quienes creen en él.

Si bien el nombre del anciano regordete, de pelo cano y tupida barba varía según el país, lo cierto es que los chicocos lo aguardan con ansías cada noche de 24 de diciembre a la espera de que llegue con los anhelados obsequios por los que han esperado un año.

Según la tradición, las distintas denominaciones, Santa Claus, Knecht Ruprecht o Father Goodfellow, se refieren a la misma persona, San Nicolás de Myra, patrono de los peques, y aunque se desconoce exactamente cuáles fueron sus obras, se dice que en una oportunidad ayudó tres muchachas pobres, dando origen a la costumbre de ofrecer regalos, juguetes y dulces a los pitufos cada 6 de diciembre, actualmente día de su onomástico. Con los años, la fecha se asoció a la Navidad, o más rigurosamente a la Natividad, por cuanto conmemora el nacimiento de Jesús para todo el mundo cristiano.

Pero bastaron las incursiones de los colonizadores holandeses en Norteamérica para que las acciones del obispo de Myra en Asia Menor en el siglo IV se hicieran populares aquí y en la Quebrada del Ají.

Con botas puestas

Uno de los "Santa" que se dedica hace diez años a sentar a los chimpilos en sus rodillas y oírles decir cuanto quieran, es Carlos Herrera. En la vereda sur de la Alameda, junto a la Estación Central y su melancólico paisaje de trenes y convoyes, aprovecha la sombra de un gran pino artificial decorado con luces para recibir a los chicos.

Entonces, sus expresivos ojos claros y su cabello desteñido parecen rejuvenecer. "Es que les tengo tanto cariño a los niños, los adoro...", dice Papá de cuatro retoños grandes y con varios nietos a su haber, partió en el oficio de cazuela, como la mayoría, cuando su pega habitual en la construcción se puso lenta y había que llevar el manye a la casa.

Pero su rostro de cachetes sonrojados de pronto se entristece cuando le toca hacer una comparación entre ésta y otras jornadas navideñas: "Es más triste porque vienen niños que me piden por sus padres que están separados, lejos o sin trabajo. Y yo sólo puedo darles ánimo, eso me derrumba", señala.

Es que asegura que si fuera real, regalaría todo, hasta lo suyo, con tal de ver a los más pequeñitos regocijarse de alegría "porque no hay nada peor que un niño sin sonrisa".

Con 59 años de edad, no duda en afirmar que él será Viejito Pascuero hasta que muera.

Satisfacción interior

Entre galanterías y cantos en un inglés al lotijuay, Victoriano Carrasco lleva más de 14 años como Papá Noel en el centro.

Cuenta que aprendió el teje y maneje del oj, oj, oj, en su población, la Pablo de Rokha, hace ene tiempo, cuando un amigo, Pedro Pezoa, le ofreció ganarse unas monedas alimentando la ilusión de los mocosos.

"Algunos años me los he saltado, pero me gusta hablar con los niños y decirles leseras. Ellos hablan disparates también y eso es lo que me gusta, esa inocencia que no se ha perdido", comenta.

Entre las anécdotas que atesora menciona la vez que pasó por afuera de una escuela y un lote de escolares que iba con la profe salió corriendo detrás suyo, sin importarles que él viajaba chato, con los pies cocidos por las botas de goma y un tremendo calor. "Salió toda la ruma y la señorita no pudo sujetarlos. Uno me agarraba la pierna, otro la ropa; si me hicieron llorar", indica.

Por eso dice que tendrá que seguir de Viejo Pascuero toda la vida, "y no es tanto por el billete, sino por la satisfacción interior", dice.

Al hablar de su familia no existe el mismo entusiasmo, y eso se refleja en su cara. Señala que con sus cuatro hijos y uno más que acogió después, lo ha pasado mal, y que eso lo llevó a entregarse al copete hasta que el amigo con el que trabaja lo aconsejó.

"Los niños me conocen altiro y eso me encanta", sostiene. Esta vez, no obstante, le llama la atención que los regalos grandes de antes no se ven.

Se parte el alma

Un poco más allá, don Aníbal, con sus arrugas y una mirada reflexiva, coincide con sus colegas, todos "ayudantes" del verdadero Santa Claus: "De repente hay niños del barrio alto que piden ocho a diez juguetes y hay que decirles para, que hay que dejarle a otros, y de pronto viene uno que quiere unas zapatillas o lo que se pueda, eso parte el alma".

Lleva más de 12 años en la funcia, cuando su aspecto físico hizo que alguien de la Plaza de Arma lo tentara a ganarse unos pesos extras enfundado en botas negras y chaqueta roja. Esa vez respondió ›¡cómo se le ocurre!›. Pero el porfiado insistió y le dio un teléfono. Así hablaron hasta que lo convenció. "Es un trabajo lindo porque la inocencia de los niños y el corazón no se han perdido", subraya.

Recuerda también que una de sus nietas le dio un ultimato: ›Oye, tata, tienes que traerles regalos a todos los niños, porque todos deben estar contentos esta Navidad".


 
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