27 de Junio de 2004
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Gringos del portaviones se metieron al submarino
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Gringos del portaviones se metieron al submarino
Héctor Cossio L., paquete especial con alma jaranera.



Lo que prometía ser una jornada de delirio, carrete y sexo no fue más que tibia noche de algún par de cervezas.

(Foto: Humberto Peragallo O.)

Si no fuera por este marino que se cacheteó con las linduras del Flamingo, de calle Cochrane, las criaturas de la noche no habrían agarrado un solo billete verde. Por más de veinte minutos, el Rambo coqueteó con las minurris asomado en la ventana del segundo piso, pero, según fuentes confiables, el marino, a la hora de los quiubos, se chupó enterito, no como este dotado reportero.

(Foto: Humberto Peragallo O.)

¡No era un portaviones! ¡Era un submarino! Por más que las criaturas de la noche dejaran las patas en la calle, se emperifollaran como gallinitas de la pasión y ensayaran el "jotis yur naim?, el "kiss me, kiss me" o el "do you want my secret?", no vieron a un solo gringo como Dios los trajo al mundo y mucho menos los queridos billetes verdes.

Cuando cayó la noche en Valparaíso, los marinos del Ronald Reagan volvieron a su ciudadela flotante, dejando a las geishas con la cara de este porte y las piernas cruzadas.

Antes de la llegada del portaviones nuclear Ronald Reagan, el "puerto principal" estaba afiebrado. Los 10 mil condones que repartió el Ministerio de Salud parecían pocos. Se temía que las medidas sanitarias no dieran abasto, que los hoteles quedaran cortos hasta de catres de campaña y que rápidamente se acabara el cambio nacional, obligando a los rambos gringos a pagar los en dolaretes.

Con las puras ganas

A las 10 de noche, la Jeniffer, del "Flamingo", con el maquillaje todavía impeque, tenía más esperanzas que certezas. Durante el día no había pescado a un solo gringo, pero derrochaba fe. "Ya verás, mi lindo, cómo van a caer como moscas más tardecito. Por mientras podrías pasar a tomarte una cosita, para ver el ambiente", dijo con la fresca voz de sus cuatro décadas y tanto.

El espacio estaba dispuesto hasta para celebrar el 4 de julio. Banderas yanquis adornaban los mesas, hartas cocacolas y el lenguaje oficial era el chamullinglish.

Dos curados clásicos, parte del inventario del lugar, con harta razón se quejaron a La Cuarta, la bohemia: "Más color que le ponen con los gringos. Te apuesto que no va llegar ni uno".

¡Qué tomas que adivinas!, les dirían más tarde.

En busca del "marine" cervecero, acumulado y camorrero, el diario por recorrió de punta a punta la subida Ecuador, dio vueltas como trompo por la Plaza Echaurren, quedó hablando mandarín de tanto pasear por el barrio chino y no encontró un sólo gringo puñetero.

"Lo que pasa es que no tienen mucho permiso para carretear. De hecho, los que tienen 'la larga' tienen que entrarse a la una o dos de la mañana. Los otros, el marinaje, que tiene que abordar antes", explicó un marino criollo, empalado de frío en la Plaza Sotomayor.

A las 2 de la madrugada Valpo estaba dormido, salvo por el carrete universitario, que no para. Aparte de unos pelados más chilenos que los porotos que efectivamente iban como piojos, Mathew, un gringo obeso como un oso, sacó la cara por la tierra de Linconl y aunque estaba más preocupado de las birras que de las warriors, fue el único que asomó el periscopio.

Así no se puede, loco...


 
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